¿Nalgadas, coscorrones y manotazos?

 

Muchas personas utilizan recursos como las nalgadas, coscorrones, manotazos u otras formas de castigo físico para educar, corregir o disciplinar a niñas y niños. Sin embargo, tomarlo como medida correctiva resulta inadecuado pues niños y niñas terminan obedeciendo por miedo a sufrir una nueva agresión y no porque comprendan el motivo por el que se les corrige.

 

El castigo físico lastima y fractura la comunicación y confianza existente entre niñas y niños y sus cuidadores, lo que provocará que conforme crezcan y vayan estableciendo relaciones interpersonales con otras personas, muestren comportamientos violentos o de sumisión y obediencia extrema. Esto deriva en la formación de agresores y agredidos para continuar con el ciclo de los malos tratos.

 

Las niñas y los niños que experimentan castigo físico, aprenden que agredir a otro es correcto, que es una forma válida para conseguir lo que se desea, que lastimar a otro también es una forma de cuidar y querer, que ser golpeado es una forma de recibir amor, pues “es por mi bien”.

 

En un estudio realizado en el 2016 por la Dra. Elizabeth Gershoff, de la Universidad de Berkley, se descubrió que aquellos niños y niñas que recibían una nalgada por semana, a la larga desarrollaban los mismos resultados negativos que quienes habían sufrido maltrato, aunque en un grado ligeramente inferior, esto es:

  • Daño en las áreas del cerebro que regulan las emociones.
  • Desórdenes de personalidad a lo largo de la vida.
  • Tendencia a la criminalidad y delincuencia.
  • Como adultos, reproducen los mismos patrones de crianza con otros niños y niñas.

 

Entonces, si las nalgadas, coscorrones y manotazos son tan dañinos para el desarrollo de niñas y niños ¿porqué seguir utilizándolos para educar o corregir? Quizá por no saber como expresar las propias emociones, por no poder controlar el estrés, por validar la forma en que fuimos criados, por desconocimiento de una manera diferente de educar o bien de los efectos que estos correctivos causan en quien los recibe.

 

Estas posibilidades nos conducen a poner los ojos en los responsables de crianza de niñas y niños, quienes requieren afrontar este reto a partir de:

  • Trabajar para aprender a expresar sus emociones sin dañar a otros o a sí mismos.
  • Poner en práctica estrategias para manejar su estrés.
  • Actualizarse e interesarse por conocer nuevas estrategias que apoyen la crianza respetuosa de niñas y niños.
  • Reconstruir su historia de vida tocando aquellas experiencias que lastiman, entristecen, enojan o frustran, es decir haciéndose cargo de sus propias heridas, tomándolas como una entrada hacia el conocimiento de sí mismo y como una oportunidad para tomar sus propias decisiones, más allá del entorno o las circunstancias que les haya tocado vivir.

 

Finalmente, no se trata de buscar culpables, sino de reconocer la responsabilidad que implica ser una figura significativa en la vida de niñas y niños, se trata de pulirnos para ofrecer una mejor versión de nosotros mismos que sea la que realmente impulse su sano desarrollo en un entorno de buenos tratos.

 

Artículo escrito por: Lewis Iván Núñez Alcántara1 y Janeth Santana Ramírez2